Preámbulo
En el corazón de Puerto Boyacá, en Colombia, entre calles bañadas por historia y sencillez, se alza la Residencia Royal: más que un inmueble, es un refugio de tradición, comunidad y memoria. Administrada por los hermanos Diofanor y Carmen, hijos de esta tierra. El lugar guarda entre sus muros relatos de infancia, hospitalidad y resiliencia. Las mecedoras del corredor, los aromas de cocina maternal, las historias de los antiguos cafés y los huéspedes de paso, forman parte de una narrativa viva que resiste al olvido y al paso del tiempo. La Royal no es solo alojamiento: es hogar para el alma, símbolo de un pueblo que no ha dejado de latir.
Las residencias de Puerto Boyacá son más que simples edificaciones antiguas; son guardianas silenciosas de la historia, la identidad y la cultura de un pueblo que ha sabido conservar su esencia a través del tiempo. Entre estas, la Residencia Royal ocupa un lugar especial; no solo por su arquitectura tradicional, sino por el alma comunitaria que late en cada uno de sus espacios, reflejando la esencia de una población vulnerable que sueña, trabajan al día y transita por las calles de este pueblo ribereño.
En una de mis caminatas por el pueblo me encontré con Diofanor Gonzales Toro, amigo entrañable de los años dorados del colegio San Pedro Claver, Diofanor me invitó a tomar una avena en la panadería y restaurante “Los Marinillos”, antaño conocido como el “Café Popular”, famoso por las cálidas sonrisas de sus “coperas” —aquellas mujeres trabajadoras a quienes mi madre confeccionaba los delantales blancos, nostalgia pura, digna de otro relato.
Diofanor me comentó que había vuelto a vivir en el pueblo para hacerse cargo, junto con su hermana Carmen, de la Residencia Royal, su hogar de infancia y adolescencia, tras el fallecimiento de su madre y en mutuo acuerdo con sus hermanos, asumieron la administración de este negocio familiar, que ha visto pasar generaciones de viajeros, trabajadores y soñadores.
Entrar a la Royal, fue como regresar a un lugar suspendido en el tiempo. Su arquitectura en forma de U, con 30 habitaciones enfrentadas, conservan la sobriedad y funcionalidad de antaño. Cada cuarto, con cama sencilla, mesita de noche y ventilador de techo; guarda historias, confidencias y madrugadas de quienes han hecho de este lugar su refugio temporal o su hogar permanente.
Al fondo, los baños y lavaderos comunitarios, lucen limpios y ordenados, mientras que las cuerdas para tender ropa, evocan la familiaridad de un patio hogareño.
En la entrada, cinco mecedoras y un televisor, invitan al descanso compartido. Me dejé llevar por el vaivén de una de ellas y, sin darme cuenta, casi me sumerjo en un motoso (conocido en algunas partes del país, como sueño corto), cuando fue la voz de Carmen, cálida y evocadora, la que interrumpió mi siesta incipiente con un saludo entrañable. Aproveché la ocasión para preguntarle por sus recuerdos del lugar.
—“Lo que más recuerdo es el olor al sudado que cocinaba mi mamá y el almuerzo familiar justo aquí, donde estás sentada. Éramos muchos, y la casa siempre estaba llena de risas, aromas y gente de paso. Aunque hayan pasado años, La Royal sigue siendo ese sitio donde uno se siente en casa… y sigo con la costumbre de mi madre: darles café con pan a los que se quedan viendo televisión por la noche, o simplemente conversando hasta que llega la hora de dormir”, me contó Carmen, con una mezcla de ternura y nostalgia.
Con una sonrisa Carmen retomó sus labores, mientras Diofanor y yo nos despedimos. Le pedí volver otro día, con la esperanza de entrevistar a algún residente y seguir recogiendo las voces de este lugar cargado de memoria viva.
Testimonio desde la mecedora
No me quedé con las ganas de regresar, al día siguiente fui a la Residencia Royal para realizar la entrevista con el huésped que mi amigo Diofanor había conseguido. Llegué sin previo aviso, alrededor de las 10:00 a.m., y como siempre, Carmen me recibió con un cálido saludo e insistió en que tomara asiento en una de esas mecedoras que tanto me agradan y que parecen guardar los secretos del tiempo.
Al poco rato llegó Diofanor acompañado del señor Luis Alberto Mejía Mestra, quien, con una amabilidad serena, aceptó conversar un rato sobre su experiencia como residente de La Royal. Antes de comenzar a hablar, me detuve a observarlo con atención; su rostro curtido por el sol, sus manos endurecidas y llenas de callos, revelaban una vida entera dedicada al trabajo del campo. Justo al estrecharnos la mano pasó el vendedor ambulante, con su familiar pregón de avena, tinto, aromáticas y colada Maizena. Aprovechamos para pedir algo y sentarnos a charlar.
Don Luis Alberto recordó que cuando llegó a trabajar en fincas de las veredas aledañas a Puerto Boyacá, solía hospedarse en la residencia Lusitania, ubicada frente a la oficina del Rápido Tolima. “De eso ya han pasado más de doce años” dijo con nostalgia. Contó que, tras el cierre de la Lusitania, y gracias a un amigo de nombre Jorge, el cual conocía La Residencia Royal, se hizo cliente asiduo, y desde hace cinco años, la ha hecho su hogar cada vez que baja del campo. Dice sentirse plenamente a gusto con los dueños y con el ambiente que allí se respira: familiar, tranquilo, casi como estar en casa. Por lo general pasa una semana o algunos días en el pueblo, tiempo que aprovecha para sus diligencias personales. Además, la ubicación céntrica del Royal, le permite moverse con facilidad, y eso, sumado a la calidez del trato, lo ha convertido en su sitio predilecto para descansar.
En cuanto a la convivencia con los demás huéspedes, -sonríe con complicidad- y afirma que reina el respeto mutuo. Hay saludos cordiales cuando se cruzan por los pasillos, se respetan los turnos para lavar la ropa, y cada quien se ocupa de lo suyo, manteniendo el ambiente armónico que tanto valora.
Terminada la conversación, don Luis Alberto se despidió para salir a recorrer el pueblo. Agradecí nuevamente a Diofanor por abrirme las puertas de su casa y permitirme documentar este rincón tan significativo de nuestra historia del pueblo.
Epílogo: una casa viva
La Residencia Royal sigue en pie, abierta a quienes la vida lleva de paso por Puerto Boyacá, en Boyacá (Colombia). Es una de las últimas sobrevivientes de una época en la que la residencia no era solo un alojamiento: era una extensión del hogar, un refugio colectivo, una memoria viva de un pueblo ribereño, demostrando que el calor humano y la tradición pueden ser mas fuertes que el olvido.
Y mientras existan espacios como este, la historia popular y cotidiana de nuestros pueblos seguirá latiendo con fuerza.
Bajo Licencia Creative Commons / Publicado originalmente en: EspacioPotenta.com / Fotografías: Cecilia Pérez.