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Existe un vasto bagaje teórico, científico y literario en torno al reconocimiento de las experiencias místicas femeninas. Clarissa Pinkola Estés en Mujeres que corren con los lobos (1992), revela que la intuición femenina es la voz de la Mujer Salvaje, esa que sabe sin saber cómo: “La intuición no es un don esotérico; es el tesoro del inconsciente colectivo de la psique femenina”(Pinkola Estés 1992, 74).
Su perspectiva nos invita a comprender que el cuerpo místico es, ante todo, un cuerpo enraizado en su saber instintivo, un saber a priori a la palabra, un saber de la existencia. Un cuerpo que ruge y aúlla, manifestando su presencia como un poder para sostenerse a sí mismo. No importan los gritos, los abismos, los dolores, los pactos, la sangre, ni el visitar la puerta de Barba Azul, porque siempre hay un instinto adherido a la carne que se convierte en brújula y en camino; un cuerpo que guía cuando la razón vacila.
En este sendero místico encontramos también aportes desde la neurociencia, Nazareth Castellanos en Neurociencia del cuerpo nos recuerda que: “La espiritualidad es siempre corporal”(Castellanos 2022, 113). La experiencia mística se encuentra vinculada a la materia; cada gesto de atención hacia sí misma es un acto sagrado. Desde su perspectiva, la intuición no es un don sobrenatural, sino la manifestación más profunda de nuestro sistema nervioso conectado a la vida: la posibilidad de percibir aquello que la mente logocéntrica aún no traduce en palabras. El cuerpo místico sucede como un presentimiento del universo, un susurro del cielo, una bocanada de aire con secretos del litoral pacífico cobijados por el mar. Se emancipa desde un tejido neuronal que se conecta con el otro, con lo otro y con el cosmos, desde su genuina amplificación: es fuerza vital en comunión con el Todo.
Por otro lado, Hélène Cixous, desde su propuesta de la escritura femenina, plantea que el cuerpo femenino es un cuerpo místico porque escribe y se reescribe a sí mismo desde el deseo; un deseo que no es carencia, sino potencia creadora: “Escribir. Escribir de sí, de su cuerpo, es hacer estallar los viejos silencios, es abrir un mundo mágico, fecundo, que no se agota” (Cixous 1975, 257). Así, desde su perspectiva, el cuerpo es un territorio poético que se convierte en texto y en experiencia sagrada, pues escribir desde el cuerpo es también un acto de insurrección mística. La intuición se manifiesta como una forma de conocimiento que no pretende una justificación dentro del orden patriarcal del discurso lógico, puesto que su validez nace desde una experiencia encarnada, sentida y escrita.
Entonces, ¿qué es el cuerpo místico femenino sino ese territorio de saberes no domesticados que emergen para rescatarnos cuando el mundo nos exige callar? ¿No es acaso la intuición un lenguaje visceral que nace antes de toda palabra, como si el cuerpo recordara secretos que la mente teme pronunciar? ¿No es este cuerpo el que aúlla en la noche para recordarnos que estamos vivas y encarnadas?
El cuerpo místico se presenta como aquel que intuye y actúa, que recibe mensajes en los sueños y certezas en la vigilia, que arde de deseo y llora de compasión, integrando su sensibilidad a todo su ser en manifestación. Es un cuerpo que produce un metalenguaje desde la vida, desde el estar, el ser, el habitarse a sí misma, asumiendo interpretaciones y percepciones que van más allá de lo racional. Hay un cuerpo sintiente, una psique colectiva femenina y una fuerza vital que se expande y se multiplica con el mundo.
En un mundo en el cual: “Las mujeres no hemos sido educadas para amar nuestro cuerpo. Se nos educa para temerlo, para controlarlo, para esconderlo o mostrarlo según los deseos de otros, pero no para habitarlo en libertad” (Thomas 2018, 143), pensarnos y reconstruirnos desde nuestros imaginarios y psicogeografías corporales se convierte en un acto revolucionario femenino, en una reescritura donde escribir es habitarse para romper censuras, adoptando la ternura como un acontecimiento sincero del auto mirarse. Escribir mujeres es gestar narrativas corporales que acaricien la percepción con el aliento sagrado de la existencia.
Así, querida lectora, te invito a permanecer atenta a este aullido que brota en tus entrañas. Permite que tu cuerpo se expanda en la noche como un campo estrellado, y que tu intuición se levante como un animal de fuego, porque solo así volverás a ti misma: salvaje, entera, viva, temblorosa de verdad.
Referencias
• Castellanos, N. (2022). Neurociencia del cuerpo. La Huerta Grande.
• Cixous, H. (1975). La risa de la Medusa. L’Arc.
• Pinkola Estés, C. (1992). Mujeres que corren con los lobos. Random House.
• Thomas, F. (2018). Conversaciones con Violeta. Aguilar.
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