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La primera vez que escribí erótica, terminé el texto y me quedé quieta, como si una corriente fría recorriera todo mi cuerpo hasta casi hacerlo temblar. Mis dedos aún podían sentir el golpe de las teclas cuando noté que salía del trance y caía de nuevo en la realidad. No sabía si lo que sentía era vergüenza, culpa o poder. Desde ese momento han pasado algunos años, un par de publicaciones en libros, miles de lectores y varias crisis emocionales.
Esta parte de mi historia —la de escritora— no estaba en mis planes, y menos a mis 40 años, en una sociedad que en público juzga y en privado hace exactamente lo que critica, la cual me ha permeado más de lo que me gustaría admitir.
Siendo honesta algo sí estaba guardado como en un baúl olvidado en una esquina de la casa, ahí estaban los recuerdos de la niña que creaba historias en su imaginación y hasta les componía canciones. Era algo muy mío, y cuando comencé a escribir no solo pude recordarlo —también pude honrarlo—.
El primer escrito nació en mi habitación, en una noche fría de comienzo de año, donde la brisa llega como un alivio a las fuertes épocas de calor de mi ciudad. Hoy lo recuerdo como un llamado del cuerpo a entrar en trance, el estado donde el mundo físico deja de existir y nada pesa, donde el cuerpo se abre y queda expuesto a sentir hasta lo más sutil. Y los pensamientos salen de las profundidades para mostrarse tímidos y poderosos.
Sentir profundamente, en ese momento de mi vida, no era algo frecuente. Mi mundo era lo lógico, lo comprobable, lo verificable.
Esa noche cedí al impulso profundo de sentarme a escribir. Era un territorio nuevo, inexplorado. Me pregunté: ¿cómo es eso de hacerle caso al cuerpo? Pero sí, el cuerpo sabe.
No pude hacer otra cosa que escribir lo que estaba en lo más profundo de mí, lo que estaba oculto, que no se atrevía, o quizás yo no le daba permiso de salir. Lo que escribía se sentía tan revelador y tan íntimo como estar desnuda, pero no de cuerpo, de alma. En algún momento fue incómodo, pero no podía detenerme. Me atreví a sentirlo todo. Fue un camino de llanto, de risas, ternura, melancolía y éxtasis. Aunque pueda sonar contradictorio, fue liberador, porque entendí que cualquier verdad cobra una fuerza arrolladora al ser reprimida.
Lo que era un relato resultó ser un escrito de seis capítulos. Volver de esa profundidad a la realidad que a veces pesa me dejó una sola pregunta: ¿ahora qué hago con esto? No pude leerlo de nuevo. Lo enterré entre carpetas sin nombre y cerré el portátil con una sensación extraña, una combinación de miedo y satisfacción interna. Días después, todo lo que me habían enseñado a creer sobre lo que una mujer “debe y no debe” mostrar comenzó a emerger. La culpa y la vergüenza se convirtieron en mis nuevas compañeras. Parecían dos figuras rígidas, oscuras y sin expresión alguna. Con su sola presencia me hacían sentir que ese escrito, que había salido de mis entrañas, era algo malo. Me sentía como la niña que hace una travesura y no solo se siente culpable por lo que hizo, sino que siente que desde su esencia tiene una mancha de maldad.
Lo viví en intimidad. Escribiendo, explorando, dejando que ese territorio inexplorado se fuera volviendo familiar. Hasta que descubrí que la culpa y la vergüenza no eran parte de lo que soy. Eran un aprendizaje que alguien más se encargó de instalar. Nos enseñaron que lo erótico es íntimo, es sucio, que debe vivirse de puertas para adentro y que mostrarlo era exponerse al juicio. Nadie nos dijo que era también un poder.
Esta nueva perspectiva amplió mi forma de ver lo erótico. Volví a leer el escrito. Me sentí orgullosa y valiente. Surgió una sensación desde el mundo interior que ya podía identificar, una emoción en el pecho que hace respirar lento y profundo, donde las lágrimas se sienten con derecho a salir. Ya no quieren ser contenidas. Y supe que este escrito debe ser mostrado al mundo.
La presencia de esas compañeras rígidas y oscuras ya no gritaba; ahora susurraban. Y en su susurro me decían: ¿cómo una mujer con un estatus profesional “serio” y a los 40 podría mostrar esta parte tan íntima de ella al mundo? ¿Someterse al escarnio público con todos los adjetivos que hemos escuchado cuando una mujer se expresa con libertad? Aunque siempre he querido ser “la buena” y pertenecer, hay una parte de mí que desobedece. No soy una rebelde sin causa. Desde ahí quería iniciar mi propia revolución erótica. Y para iniciarla era necesario aceptar esa parte de mí que siempre había estado ahí y soltar el “qué dirán”.
Di el primer paso. En ese momento lo seguro era un seudónimo, un alter ego que había nacido el día que escribí por primera vez, aunque tiempo después entendí que ella también soy yo. Publiqué el escrito en una plataforma. Ese momento fue completamente mío. Lectores anónimos —miles de ellos— se paseaban por mis letras, dejaban comentarios y pedían más capítulos. Entrar a la plataforma y ver cómo crecían los lectores cada día hacía que mi cuerpo supiera que ese era el camino. Me sorprendí al notar que escuchar el sentir profundo era suficiente. Lo que antes necesitaba un sustento lógico ahora era una nueva brújula: sentir.
Llegaron las convocatorias de publicaciones de libros físicos y digitales. Si mi voz iba a estar en manos de lectores de muchos países, merecía dejar de usar el seudónimo y comenzar a imprimir mi nombre en papel. En ese momento escribir dejó de ser solo un acto íntimo para convertirse también en uno político. Un tiempo después me uní a un proyecto en comunidad, y eso abrió algo inesperado. Dejé de sentirme rara y empecé a sentirme contenida y escuchada. Fue en ese tiempo, en la gestación de un nuevo escrito, cuando llegó a mi vida el ensayo de la escritora estadounidense Audre Lorde: Usos de lo erótico, lo erótico como poder.
Lorde llegó después. Cuando ya había escrito, ya había dudado, ya había impreso mi nombre en papel. Lo leí y sentí algo que no esperaba. Me estaba diciendo cómo se llamaba lo que yo ya había vivido en el cuerpo. Me devolvió la palabra que me habían quitado. Para ella lo erótico es un recurso que todas llevamos adentro, enraizado en el poder de todo aquello que sentimos, pero no nos hemos atrevido a reconocer. Eso era exactamente lo que había salido esa noche, no algo que inventé, algo que ya estaba ahí esperando permiso. Lo erótico no vivía en una sola dimensión. Era el lugar donde lo físico, lo emocional y lo espiritual dejaban de estar separados. Cuando escribí esa noche, algo se alineó. Fue integridad en el sentido literal. Partes que volvieron a ser una.
Nos enseñaron una versión recortada de lo erótico, solo la parte sexual, la que podía ser controlada y juzgada. Lo que nadie nos dijo es que Eros es mucho más, es fuerza creadora, energía vital y armonía.
Sentir culpa y vergüenza era exactamente la trampa. Lorde lo describe con precisión: tomaron lo erótico y lo convirtieron en algo confuso, trivial, enfermo, para que cualquier mujer que lo reclamara pudiera ser fácilmente descartada. Llamarnos intensas, psicóticas, caóticas era la forma de neutralizarnos. Y así nos quedamos, en una sociedad que premia los resultados por encima del ser, acumulando más cosas materiales mientras nos sentíamos profundamente vacías.
Mi vida tiene sentido cuando vivo desde adentro, reconociéndome completamente. Lorde dice que lo erótico no solo atañe a lo que hacemos, sino a la intensidad y plenitud que sentimos al actuar, que descubrir nuestra capacidad para sentir satisfacción profunda nos permite saber qué afanes vitales nos acercan a esa plenitud. Eso fue exactamente lo que ocurrió. Supe que escribir era uno de esos afanes.
Y desde ahí, compartirme con el mundo dejó de ser una opción. Por eso hago este escrito. Por eso me atrevo, cuando hace algunos años era impensable hablar de mi verdad en público. Lo hago porque es inevitable. No puedo no hacerlo. Encarnar el poder de lo erótico fue, al inicio, un camino muy personal. Con el tiempo entendí que formaba parte de algo más grande, de un colectivo de mujeres que se han atrevido a vivir desde su verdad sin miedo. Eso amplió mi visión.
Lo que en algún momento sentí como una profunda debilidad hoy lo reconozco y lo vivo como poder. Cuando se ha vivido una experiencia así es imposible ignorarla. Es imposible no ser otra después de esto.
Lo erótico no solo vive en mi escritura. Es una forma de vida.
Escribirlo es un acto de gratitud hacia las mujeres subversivas y valientes que se atrevieron antes que yo —Lorde entre ellas— y que abrieron un camino que yo no tuve que inventar, solo recorrer. Escribo honrando la libertad que mis ancestras no pudieron tener. Y escribo por las mujeres que hoy sienten algo profundo moviéndose adentro y están encontrando su propia forma de encarnarlo, porque lo mío fue la escritura erótica, pero el poder no tiene una sola forma.
Antes de terminar, quiero dejarte la misma pregunta que yo tuve que hacerme: ¿qué nueva versión de ti quiere nacer en este momento?
La mía ya tiene nombre: ¡Yo decido vivir erotizando mi existencia!
Bajo Licencia Creative Commons / Publicado originalmente en: EspacioPotenta.com / Imagen: Shirley Rojas.